Más de medio centenar de niños sobreviven entre calles y explotación laboral en la ciudad Corazón.
Redaccionando Reportaje._ Puentes, semáforos y plazas públicas se han convertido en el refugio y el medio de subsistencia de decenas de niños, niñas y adolescentes en Santiago de los Caballeros, siendo la calle su hogar y su principal escenario de supervivencia.
Al menos 53 menores de edad viven actualmente en situación de calle, de acuerdo con datos levantados por la organización Acción Callejera. De ellos, 19 pernoctan a diario en espacios públicos, expuestos a violencia, consumo de sustancias, explotación sexual y laboral, así como a múltiples enfermedades. Del total identificado, 34 son de nacionalidad haitiana, según el registro de la entidad.
Eduardo Jesús Cruz, hablando en representación de la entidad, explica que los puntos críticos se concentran en el área del Monumento a los Héroes de la Restauración, en el Centro Histórico, debajo de puentes y en zonas de alto flujo comercial.
“Hay niños que literalmente duermen donde les agarre el sueño. Otros trabajan durante el día y regresan a una vivienda precaria”, define.
En las intersecciones más transitadas, como son las avenidas presidente Antonio Guzmán Fernández, Salvador Estrella Sadhalá, 27 de Febrero, Juan Pablo Duarte, entre otras, menores de edad venden flores hasta altas horas de la noche, parquean vehículos, venden dulces, piden dinero a transeúntes y turistas en el área monumental. Mientras eso ocurre en las principales arterias, en sectores populares de la ciudad algunos niños son utilizados en los colmados como “delivery” o ayudantes informales de vendedores ambulantes.
Para el pastor evangélico Pablo Ureña, director del programa Niños con una Esperanza, la problemática, que se ha ido agudizando en los últimos meses, estaría vinculada a factores como la desintegración familiar, la pobreza extrema y la migración haitiana.
El religioso agrega que decenas de niños y adolescentes continúan deambulando y trabajando en las calles de la ciudad debido a la falta de paternidad responsable y la débil intervención de las autoridades.
Sostiene que muchos de los menores que hoy pernoctan en las vías públicas que son explotados en el sector laboral provienen de hogares donde no existe supervisión ni acompañamiento adecuado.

“Cuando no hay una paternidad responsable y tampoco un Estado que vigile, estos muchachos se van escapando, sobre todo en la adolescencia”, advirtió.
Ureña señala como uno de los factores que empuja a los niños a deambular en las calles y estar fuera de las aulas es la falta de acta de nacimiento. Explicó que hay decenas de menores que no están declarados, lo que les dificulta su inscripción escolar y los coloca en una situación de vulnerabilidad.
El líder comunitario en la parte oeste de Santiago indicó que también se registran casos de abandono. Señaló que algunos padres, ante la negativa del menor de asistir a la escuela, optan por enviarlo a trabajar. Otros niños quedan bajo el cuidado de abuelos en condiciones precarias o en hogares donde la madre o el padre enfrentan problemas de adicción.
En ese sentido, al pastor le preocupa el aumento de menores involucrados en el consumo y venta de drogas.
“Es muy peligroso y no se le ha puesto el interés necesario a ese tema”, afirmó.
En distintos puntos de la ciudad es común observar niños vendiendo flores o pidiendo dinero en horarios nocturnos. El director del programa Niños con una Esperanza entiende que la respuesta oficial ha sido “muy tímida”. Considera que, ante cualquier denuncia, las autoridades deberían intervenir de inmediato, investigar el entorno familiar y garantizar protección a los menores.
“Si no se asume con firmeza la responsabilidad desde el hogar y desde el Estado, estos niños seguirán en las calles, expuestos a peligros y sin acceso pleno a sus derechos”, estableció.
Carolina Elivo, directora ejecutiva de Acción Callejera, también expresó su preocupación por la cantidad de niños, niñas y adolescentes que viven y trabajan en las calles de Santiago, muchos de ellos expuestos a riesgos físicos, psicológicos y sociales.
Desde Acción Callejera recomiendan a la ciudadanía no entregar dinero directamente a los pedigüeños menores de edad.
“Lo ideal es canalizar la ayuda a través de instituciones que puedan garantizar un beneficio real para ellos”, señala la directora ejecutiva.
Sugiere, en cambio, ofrecer alimentos o conversar con el niño para conocer su situación, ya que, advierte, en algunos casos hay adultos que los vigilan y se benefician del dinero recaudado.
Explicó que la organización desarrolla un programa integral en beneficio de los menores de edad vulnerables que incluye atención psicológica, trabajo social, alimentación, alfabetización, nivelación escolar, higiene, atención médica primaria y servicios odontológicos. Además, reciben formación en rutinas, normas de convivencia y habilidades sociales, además de capacitación técnico-vocacional para facilitar su inserción productiva al egresar del programa.
“Hay niños que no saben sentarse a una mesa o usar correctamente un baño. Aquí tratamos de reconstruir rutinas y estructuras que nunca tuvieron”, señala.

Desde el equipo de salud del centro dieron a conocer que entre las afecciones más comunes que presentan los menores en situación de calle que allí atienden figuran infecciones de la piel e intestinales, heridas, desnutrición, escabiosis y otros padecimientos. Relatan que, en algunos casos, los niños llegan bajo los efectos de sustancias narcóticas o portando armas blancas.
Eduardo Jesús Cruz, quien es el encargado en Acción Callejero de identificar a los niños en situación de calle, reconoció que el proceso de acercamiento no está exento de riesgos, ya que en ocasiones enfrentan la resistencia de adultos que utilizan a los menores para mendicidad u otras actividades inapropiadas. No obstante, asegura que mantienen una labor de observación y diálogo para proteger a los niños y garantizar sus derechos.
Mientras tanto, desde la organización insisten en que la problemática requiere la participación conjunta de autoridades, sociedad civil y ciudadanía para reducir la presencia de niños, niñas y adolescentes en las calles y ofrecerles oportunidades reales de desarrollo.
Cometa de Esperanza
Además de Acción Callejera, en Santiago existen otras instituciones que trabajan con niños en condición de calle. Una de ellas es el centro educativo Cometas de Esperanza, ubicado en el sector Santa Lucia del distrito municipal Santiago Oeste, una institución académica que ha logrado sacar del vertedero de Rafey a más de 80 niños que eran explotados laboralmente, transformando sus vidas a través de la educación, la formación en valores y el acompañamiento integral a sus familias.
Andrea Suero, directora del centro desde hace 15 años, explicó que el enfoque no solo fue retirar a los niños del botadero, sino prevenir que regresaran. Inicialmente trabajaron con 80 menores rescatados directamente del basurero. Posteriormente implementaron un programa de prevención que incluyó la apertura de un prekínder para evitar que los padres llevaran a sus hijos pequeños a trabajar por no tener dónde dejarlos.
“El amor es nuestro primer valor”, expresó Suero, al destacar que muchos de los niños no estaban acostumbrados al afecto ni al cuidado.
El centro reforzó el sentido de pertenencia con actividades recreativas, entrega de ropa, alimentación, acompañamiento familiar y un modelo educativo que mide resultados y mejora continuamente.
Entre los programas implementados en el recinto figura “Cometaslandia”, una iniciativa que promueve el proyecto de vida de cada estudiante, motivándolos a convertirse en maestros, doctores o profesionales de otras áreas.
También desarrollan un plan tecnológico digital que ha permitido equipar todas las aulas con pizarras digitales, asimismo, implementan programas de lectura en línea para fortalecer la comprensión lectora y un proyecto ecológico en el antiguo espacio del vertedero, transformado hoy en el parque Ecocometas de Esperanza, donde fomentan la educación ambiental.
Fruto de este trabajo, varios de los 80 niños rescatados son hoy profesionales. Algunos se han graduado como maestros y técnicos, integrándose dignamente al mercado laboral.
Suero reconoce que el impacto psicológico de haber crecido en condiciones extremas deja secuelas en algunos casos, pero asegura que la mayoría ha logrado insertarse en la sociedad con principios sólidos.
“Quizás no todos serán ingenieros o médicos, pero son ciudadanos con valores, capaces de trabajar con dignidad”, afirmó.
En la actualidad, la institución opera en viviendas adaptadas como aulas y enfrenta una alta demanda de cupos. El Ministerio de Educación ha prometido la construcción de una infraestructura formal para ampliar la cobertura.
El espacio, con 20 años de labor ininterrumpida, se ha convertido en un referente de transformación social en Santiago, demostrando que, con alianzas y compromiso, es posible romper el ciclo de pobreza y explotación infantil incluso en los entornos más vulnerables.
Testimonio de un joven que fue explotado en su niñez
Para José Gabriel Rodríguez García, quien hoy trabaja como seguridad en una empresa, la niñez terminó a los 6 años. Cuando su madre enfermó, quedó bajo la tutela de su padre, cuya filosofía de vida solo era para el trabajo sin dejar espacio para el juego.
«El que no trabaja, no come», recuerda el joven los sermones de su padre.
Desde los seis años, Rodríguez García acompañaba a su progenitor a ¨trabajar¨ en el basurero municipal, el único ingreso de la familia.
La vida en el vertedero, según José Gabriel, era una lucha constante donde «el más tigre» era el que sobrevivía.
Narra que a los 11 años presenció cómo un amigo murió bajo las ruedas de un camión de basura tras una disputa infantil. Agrega que su hermana, también menor de edad, perdió un brazo cuando un operario inexperto activó la prensa de un camión mientras ella intentaba recuperar un botellón.

José Gabriel relata también cómo en una ocasión estuvo a punto de comer restos humanos (un seno amputado procedente de desechos hospitalarios) confundiéndolo con carne, antes de ser advertido por un compañero.
El infierno de 11 años (desde los 6 hasta los 17) que vivió el joven comenzó a disiparse cuando el personal de Cometas de Esperanza intervino en su vida. Al principio, el miedo a las represalias de sus explotadores le impedían abandonar el trabajo, pero la mediación de la fundación fue clave para romper las cadenas.
Un presente de dignidad
Hoy, a sus 28 años, el panorama es distinto. Aunque las responsabilidades familiares le impidieron completar el bachillerato, José Gabriel rescató su dignidad. Salió del vertedero, aprendió a leer, formó su propia familia y actualmente se desempeña como seguridad, además de colaborar en el mantenimiento de parques locales.
Qué sugieren
Los representantes de ambas organizaciones coinciden en que la respuesta estatal ha sido limitada y fragmentada. De igual manera, reconocen apoyos puntuales, pero advierten que la prevención, documentación de menores y fiscalización deben fortalecerse.
Las organizaciones insisten en que la problemática requiere la participación conjunta de autoridades, sociedad civil y ciudadanía para reducir la presencia de niños y niñas en las calles y ofrecerles oportunidades reales de desarrollo.
Fuente: Panorama